Cuatro años después del asesinato de «Monito Cruz», el juicio oral comenzó a desnudar una trama mucho más oscura que un simple homicidio. Lo que al principio parecía un crimen más en la noche terminó derivando en una historia cargada de silencios, relaciones homosexuales, sexo clandestino, cocaína y un policía señalado en medio del escándalo.
El cuerpo de Cruz fue hallado el 2 de septiembre de 2022 junto a las vías, en la zona de Beltrán, departamento Robles. La escena fue brutal, pero durante los primeros días el caso avanzó casi en silencio. Apenas la familia de la víctima empujaba preguntas mientras el resto del pueblo parecía mirar hacia otro lado.
Todo cambió el 13 de septiembre, cuando los investigadores allanaron una vivienda y detuvieron a Sergio Ceballos. Desde entonces, el joven quedó apuntado como principal sospechoso de haber disparado tres veces con una pistola 9 milímetros. Fue indagado en reiteradas oportunidades, pero eligió aferrarse al silencio como estrategia de supervivencia judicial.
Sin embargo, detrás del expediente empezó a aparecer otra historia. Policías y fiscales detectaron rápidamente que el homicidio estaba atravesado por vínculos personales que muchos testigos todavía hoy prefieren ocultar. Según la investigación, varios jóvenes mantenían encuentros reservados en la zona de las vías y el crimen habría estallado en medio de relaciones cruzadas, celos, consumo de drogas y conflictos afectivos que nadie se anima a explicar públicamente.
La causa incluso rozó a un funcionario policial de Fernández, mencionado en declaraciones vinculadas al arma utilizada en el asesinato. De acuerdo con testimonios incorporados al expediente, la pistola habría circulado entre integrantes del grupo y habría sido entregada a cambio de cocaína. Allí comenzaron las sospechas sobre una red de favores, secretos y relaciones que terminó contaminando toda la investigación.
Hoy, en pleno juicio oral, los jueces observan algo que se repite audiencia tras audiencia: testigos nerviosos, respuestas a medias y un evidente temor a hablar de los vínculos reales que rodeaban a la víctima y a los acusados. En tribunales ya nadie discute solamente quién mató a Monito Cruz. La verdadera incógnita parece ser cuánto están dispuestos a ocultar quienes todavía sobreviven dentro de esa historia.
Porque en este expediente, dicen en voz baja en los pasillos judiciales, el silencio dejó de parecer vergüenza y empezó a sonar demasiado parecido a complicidad.